“A río revuelto…”

 

 

 

Martha Arrías Pabon e Irina Chausovsky, con la colaboración de Silvio Godoy

 

Centro de Mediación de la Defensoría del Pueblo de Paraná

 

 

Publicación en la revista interdisciplinaria de mediación y resolución de conflictos La Trama 

 

 

 

 

 

 

 

te habían sacado las herramientas”, contestó Sergio, “eso fue lo que me dijeron”.

 

“De lo de las herramientas yo no estaba seguro, a mí me dijeron los vecinos, y yo los había visto cerca de mi casa… pero si ellos las necesitaban, yo se las hubiera prestado. ¿¡ Y cómo voy a quemarte la canoa?! Y por qué voy a ayudarte después a arreglarla?!” – razonó Rubén.

Se concluyó que los problemas no eran nuevos, pero que fue muy importante aclarar muchas cuestiones que estaban confusas y que habían llevado a distanciamientos y hostilidades. Estaban de acuerdo que era importante contener a los chicos y no transmitirles los problemas entre los grandes. Sugerimos la posibilidad de generar un espacio de diálogo similar a éste, entre los hijos, pero soslayaron nuestra propuesta.

Dimos por terminada la reunión porque tanto Rubén como Anita tenían que irse a trabajar, quedando en volver a encontrarnos una semana más tarde. Como sentíamos que Anita había sido excluida de la conversación, para la segunda reunión la convocamos un rato antes, junto con Rubén, para posibilitar el intercambio directo entre ellos, pero ella no concurrió.

Amalia, Sergio y Rubén se presentaron puntualmente, y el clima ya era totalmente diferente a la reunión anterior, distendido y relajado. Empezamos felicitándolos por el avance producido en la reunión anterior y preguntando si ellos habían notado el cambio que se produjo al conversar abiertamente, a lo que respondieron afirmativamente, evidenciando cierta sorpresa aún. Propusimos una historia alternativa, que resaltaba los momentos compartidos, aclaraba los malos entendidos y planteaba la posibilidad de que en el futuro no se repitieran estas situaciones, teniendo en cuenta el afecto que los unía y el interés común por la seguridad de sus hijos y la posibilidad de dialogar directamente ante nuevos hechos que pudieran alejarlos. La aceptaron y continuaron aclarando algunas cuestiones y pudieron ver cómo los habían influenciado las actitudes y comentarios negativos de terceros, generando mayor conflicto entre ellos.

Finalmente se lograron varios puntos de acuerdo: hablar entre ellos si volvían a surgir problemas, ignorar los “chusmeríos” que pudieran resultar perjudiciales o provocativos y conversar con sus respectivos hijos para contenerlos y calmar sus ánimos, para que pudieran estar más tranquilos en la calle.

Al culminar el proceso, Rubén, muy emocionado, agradeció el tiempo y esfuerzo dedicado por la institución y los mediadores, reconociendo la preocupación y perseverancia desplegada, que habían determinado en un corto tiempo un resultado positivo, así como destacó los beneficios de encontrarse y aclarar situaciones pasadas, en problemas que hasta ese momento parecían no tener salida. Esto lo ratificaron Amalia y Sergio y agregaron que en ningún otro lado se los había escuchado como acá, ni se habían tomado tan en serio sus desvelos y angustias.

En pocas horas, durante dos reuniones, pudieron recuperar una vieja relación de amistad y aunque no se volvieron repentinamente mejores amigos, lograron empezar a reconstruir la confianza.

Reflexiones y cuestionamientos

 

 

La teoría no es solo letra que queda en los libros, amén de que quizás muchas veces uno no se propone su aplicación de forma conciente.

Al analizar este caso con posterioridad, se nos presentó con toda claridad que la secuencia de generación de confianza que indican como tan necesaria Gachi Tapia y Francisco Diez en su libro “Herramientas para trabajar en mediación” (confianza en el mediador, en el proceso, de las partes en sí mismos y entre sí) fue absolutamente relevante y llevó a resultados que de otra manera no se hubieran conseguido.

En primer lugar, nos sentimos “habilitadas”, en palabras de los mismos autores, para abordar semejante conflicto, y además estábamos convencidas de que el proceso resultaría útil. Así se lo trasmitimos en todo momento a las partes, en palabras y en hechos, y evidentemente, “nos creyeron”, ya que finalmente accedieron a la convocatoria. Una vez reunidos, ellos mismos pudieron ver que el proceso producía cambios y se presentaba como un espacio de contención. Lograron sentirse cómodos, escuchados y valorados (confianza en sí mismos) y con la posibilidad de generar ellos mismos los cambios, y sin duda, recuperaron la confianza entre ellos. La confianza necesaria al menos para llegar a acuerdos sostenibles, dicen Gachi y Francisco, que creemos que se demostró además en el hecho de que no necesitaran firmar un acuerdo escrito.

Un concepto al que sí recurrimos concientemente, que se presenta como teórico (y para algunos quizás demasiado “idealista”) pero que es eminentemente práctico, es el del “tercer lado” de William Ury. Si nos hubiéramos limitado a nuestra convocatoria, Rubén no hubiera accedido. Pero el haber contactado a otros, que sumaban voces al llamado al diálogo, ayudó a que se generara este espacio.

Muchos roles de los que enumera Ury se activaron: los vecinos como testigos, la policía y el Defensor de Pobres y Menores como jueces de campo, el abogado como constructor de puentes y nosotros como mediadores.

Lo que siempre nos cuestionamos es sobre cómo debimos encarar el conflicto puntual con los Pérez, que no era menor.

Desde el principio Rubén estableció diferencias entre las dos familias, tanto en cuanto a la relación como a los tipos de conflictos. Pensamos entonces en hacer reuniones separadas, pero evaluamos que resultaría agotador para Rubén, y por eso optamos por la opción de juntarlos a todos, al menos en una primera instancia. Quizás fue un error, ya que la familia Pérez fue perdiendo protagonismo con el correr del proceso. La presencia de Anita en la primer reunión resultó casi imperceptible, y a pesar de nuestros reiterados llamados (solo telefónicamente esta vez), nunca volvimos a verla.

Si bien se resolvió un aspecto del conflicto de la Cortada 2, otro quedaba peligrosamente latente. ¿Hasta dónde debíamos llegar? Sentíamos que la falta de voluntariedad de parte de ella nos impedía continuar, pero, ¿no habíamos quizás forzado la voluntariedad de Rubén al insistir tanto en su aceptación de la reunión? ¿Hubiéramos debido emplear una estrategia similar con Anita?

Aquella insistencia se basaba en nuestra preocupación por la gravedad del conflicto y en el convencimiento de que un proceso de mediación podría aportar algo valioso, pero igualmente nos cuestionamos: ¿cuál es el límite a nuestra intervención y buena voluntad?

Por otro lado, creemos que un encuentro con los chicos, que eran víctimas y actores a la vez, hubiera sido pertinente, pero los padres nos cerraron esa puerta. ¿Debimos haber trabajado más sobre esta línea?

Y por último, reflexionando sobre el largo camino recorrido en este conflicto, ¿qué hubiera pasado si quienes estaban al tanto de estas situaciones hubieran hecho una derivación más temprana hacia la mediación? Incluso nosotros mismos habíamos tomado conocimiento unas semanas antes de que llegara el oficio, y lo habíamos descartado ¿pudimos habernos involucrado antes y prevenir la escalada? ¿O justamente el hecho de que haya transcurrido ese largo tiempo, fue lo que posibilitó la mediación? Nunca lo sabremos, porque no se puede cambiar el pasado, pero sí podemos tomar estas experiencias para crecer y aplicarlas en el futuro, y animarnos a intervenir en situaciones que parecen “imposibles”, así como confiar en nuestras capacidades. Pensamos que mientras el interés y la preocupación sean genuinos, las personas lo reciben y responden a eso. Y como dice Ury:

“El principal obstáculo para prevenir el conflicto destructivo está en nuestras mentes, en las creencias fatalistas que desalientan cualquier intento. (…) De la esperanza realista surge la acción”

 

Al analizar este caso con posterioridad, se nos presentó con toda claridad que la secuencia de generación de confianza que indican como tan necesaria Gachi Tapia y Francisco Diez en su libro “Herramientas para trabajar en mediación” (confianza en el mediador, en el proceso, de las partes en sí mismos y entre sí) fue absolutamente relevante y llevó a resultados que de otra manera no se hubieran conseguido. 

En primer lugar, nos sentimos “habilitadas”, en palabras de los mismos autores, para abordar semejante conflicto, y además estábamos convencidas de que el proceso resultaría útil. Así se lo trasmitimos en todo momento a las partes, en palabras y en hechos, y evidentemente, “nos creyeron”, ya que finalmente accedieron a la convocatoria. Una vez reunidos, ellos mismos pudieron ver que el proceso producía cambios y se presentaba como un espacio de contención. Lograron sentirse cómodos, escuchados y valorados (confianza en sí mismos) y con la posibilidad de generar ellos mismos los cambios, y sin duda, recuperaron la confianza entre ellos. La confianza necesaria al menos para llegar a acuerdos sostenibles, dicen Gachi y Francisco, que creemos que se demostró además en el hecho de que no necesitaran firmar un acuerdo escrito.

Un concepto al que sí recurrimos concientemente, que se presenta como teórico (y para algunos quizás demasiado “idealista”) pero que es eminentemente práctico, es el del “tercer lado” de William Ury. Si nos hubiéramos limitado a nuestra convocatoria, Rubén no hubiera accedido. Pero el haber contactado a otros, que sumaban voces al llamado al diálogo, ayudó a que se generara este espacio.

Muchos roles de los que enumera Ury se activaron: los vecinos como testigos, la policía y el Defensor de Pobres y Menores como jueces de campo, el abogado como constructor de puentes y nosotros como mediadores.

Lo que siempre nos cuestionamos es sobre cómo debimos encarar el conflicto puntual con los Pérez, que no era menor.

Desde el principio Rubén estableció diferencias entre las dos familias, tanto en cuanto a la relación como a los tipos de conflictos. Pensamos entonces en hacer reuniones separadas, pero evaluamos que resultaría agotador para Rubén, y por eso optamos por la opción de juntarlos a todos, al menos en una primera instancia. Quizás fue un error, ya que la familia Pérez fue perdiendo protagonismo con el correr del proceso. La presencia de Anita en la primer reunión resultó casi imperceptible, y a pesar de nuestros reiterados llamados (solo telefónicamente esta vez), nunca volvimos a verla.

Si bien se resolvió un aspecto del conflicto de la Cortada 2, otro quedaba peligrosamente latente. ¿Hasta dónde debíamos llegar? Sentíamos que la falta de voluntariedad de parte de ella nos impedía continuar, pero, ¿no habíamos quizás forzado la voluntariedad de Rubén al insistir tanto en su aceptación de la reunión? ¿Hubiéramos debido emplear una estrategia similar con Anita?

Aquella insistencia se basaba en nuestra preocupación por la gravedad del conflicto y en el convencimiento de que un proceso de mediación podría aportar algo valioso, pero igualmente nos cuestionamos: ¿cuál es el límite a nuestra intervención y buena voluntad?

Por otro lado, creemos que un encuentro con los chicos, que eran víctimas y actores a la vez, hubiera sido pertinente, pero los padres nos cerraron esa puerta. ¿Debimos haber trabajado más sobre esta línea?

Y por último, reflexionando sobre el largo camino recorrido en este conflicto, ¿qué hubiera pasado si quienes estaban al tanto de estas situaciones hubieran hecho una derivación más temprana hacia la mediación? Incluso nosotros mismos habíamos tomado conocimiento unas semanas antes de que llegara el oficio, y lo habíamos descartado ¿pudimos habernos involucrado antes y prevenir la escalada? ¿O justamente el hecho de que haya transcurrido ese largo tiempo, fue lo que posibilitó la mediación? Nunca lo sabremos, porque no se puede cambiar el pasado, pero sí podemos tomar estas experiencias para crecer y aplicarlas en el futuro, y animarnos a intervenir en situaciones que parecen “imposibles”, así como confiar en nuestras capacidades. Pensamos que mientras el interés y la preocupación sean genuinos, las personas lo reciben y responden a eso. Y como dice Ury:

“El principal obstáculo para prevenir el conflicto destructivo está en nuestras mentes, en las creencias fatalistas que desalientan cualquier intento. (…) De la esperanza realista surge la acción”

 

BIBLIOGRAFÍA

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El caso que vamos a relatar nos hizo reflexionar sobre la importancia de ciertos aspectos que resultaron significativos en el resultado obtenido.

 

 

El primero de ellos es el haber recurrido concientemente al “tercer lado”, tal como lo describe William Ury, en su libro “Alcanzar la paz”. El otro fue la perseverancia sostenida en la convocatoria, que generó confianza hacia la institución y el proceso, y posibilitó el espacio de mediación. Asimismo, nos dejó con varias inquietudes y cuestionamientos, que plantearemos más adelante.

Se trata de una situación de convivencia entre varias familias que incluye episodios de violencia física y verbal, cuyos protagonistas viven en una zona alejada del centro de la ciudad, sobre el río, diversificando sus actividades entre el trabajo formal y la pesca.

El contenido del conflicto eran las rivalidades entre adultos y niños de varias familias que se encontraba en una peligrosa escalada al momento del abordaje desde la mediación, no pudiendo identificarse fácilmente la causa, y derivando en una sensación generalizada de inseguridad.

El Centro de Mediación de la Defensoría del Pueblo de Paraná, fue creado en noviembre del año 2003. Es comunitario, gratuito y atiende los casos relacionados con problemas de vecindad, algunos familiares, y multiparte.

Los mediadores que actúan son quienes se inscriben en un Registro que se renueva anualmente y deben contar con título homologado, actualizaciones, disponibilidad horaria y fuerte compromiso social, ya que su trabajo es ad honorem.

Los pedidos de mediación llegan al Centro por solicitudes de los ciudadanos, muchas veces derivados por la misma Defensoría del Pueblo o la policía, también desde oficinas públicas o por la información recibida “boca a boca” y a través de los medios de comunicación.

Este caso en particular fue diferente, ya que llegó al Centro de Mediación con un oficio judicial, por una derivación efectuada desde la Defensoría de Pobres y Menores del Superior Tribunal de Justicia de la Provincia de E. Ríos, que al mismo tiempo daba intervención al Consejo del Menor de la Provincia y al Juzgado de Familia. Daba cuenta de una situación de violencia denunciada por cinco vecinos de la Cortada 2 del Barrio La Manzana, consistente en amenazas de muerte y agresiones a sus hijos y a ellos mismos por parte de otro vecino, Rubén Vázquez y su hijo, Ernesto, de 14 años. Relataba una situación ocurrida un mes antes en la que Rubén los había amenazado con una escopeta, y por esto lo habían denunciado en la comisaría, lo que tramitaba en un Juzgado de Instrucción. A partir de ese momento Rubén y su hijo se habrían enojado y amenazaban y agredían constantemente a todos los vecinos, razón por la cual los chicos tenían que permanecer “encerrados” y vivían con miedo.

Si bien la ordenanza de creación de la Defensoría y el Centro de Mediación excluye las causas en trámite judicial del ámbito de la mediación, como de lo que se trataba aquí era de una cuestión de convivencia, dejando al margen lo que hubiera de decidirse en sede judicial, decidimos tomar el caso.

Resultó que de este conflicto ya habíamos tenido noticias, aunque desde “la otra campana”.

A la familia Vázquez la conocíamos porque Andrea, la mamá, había recurrido a la Defensoría un año antes, cuando Ernesto tenía problemas en la escuela y lo habían suspendido. A raíz de esto realizamos una mediación entre él y un compañero y dimos talleres sobre emociones y herramientas de comunicación en su curso (8º año). También motivó una intervención de la Defensoría del Pueblo.

Esta circunstancia también marcó otra diferencia en el tratamiento, ya que en vez de convocar a dos mediadores del Registro, como ocurriría habitualmente, lo abordamos directamente nosotras junto a otro compañero de la Defensoría.

Un par de semanas antes de recibir el oficio, Andrea había vuelto a la Defensoría, junto con Ernesto, esta vez afligida por las agresiones que había recibido su hijo (que se podían ver en su rostro) supuestamente provocadas por sus vecinos. Según su relato los vecinos molestaban continuamente a su familia, se quejaba de música alta a toda hora, y de que su marido no podía descansar, y de que los habían denunciado por tenencia de armas, cosa que no era cierta, y que en realidad ellos habían recibido “cascotazos” en su vivienda, con el peligro incluso de dañar a su bebé de un año. Estaba preocupada por la seguridad de sus hijos y por las provocaciones verbales que sufría Ernesto cada vez que salía, ya que reconocía que él no podía contener sus reacciones, aunque fueran adultos quienes lo increparan. Se conversó, junto a personal especializado de la Defensoría, sobre la posibilidad de una mediación, que en ese momento fue considerada poco conveniente, ya que Andrea decía que con esas personas no se podría hablar, que eran muy violentos, y que incluso su marido no querría. Se conversó mucho con Ernesto sobre buscar caminos alternativos para realizar los “mandados” y así evitar el acoso de los vecinos, y sobre la importancia de ignorar los hostigamientos verbales y no reaccionar violentamente. Desde la Defensoría se focalizó el trabajo en el hecho de que tanto Ernesto como su hermano no estaban yendo a la escuela, principalmente por razones económicas, y se buscaron soluciones a esta situación.

Con la recepción del oficio nos dimos cuenta que los problemas continuaban y que ahora quienes se quejaban eran las otras familias. Ya no había una sola familia “víctima” tal como se había presentado antes. Coincidentemente, también se acercó a la Defensoría Sergio Gómez, uno de los denunciantes, preocupado por la situación que se vivía en el barrio. Inmediatamente nos pusimos a analizar el caso, pensando alternativas de abordaje, dada la complejidad del asunto y la urgencia de la actuación. Cuando nos encontrábamos en esta tarea, vino Andrea nuevamente, lo que nos dio la oportunidad de mantener con ella una charla más profunda, puesto que ya teníamos una visión más amplia del conflicto. De la conversación surgía su temor por las reacciones que tanto Ernesto como su padre podían tener ante las agresiones, y que ella también tenía que mantener a sus hijos “encerrados” porque eran acosados al salir de su casa. Reconocía que su esposo se había molestado en una oportunidad porque la música y el bullicio eran insoportables y que había salido a pedirles que bajaran el volumen. Le preocupaba mucho la situación de no poder enviar a sus hijos mayores a la escuela, y fue recién ahí que nos comentó que también tenían problemas de conducta en la escuela a la que concurrían.

Esta vez sí sugerimos la mediación, que se planteaba como un gran desafío. Por un lado, por la aseveración de Andrea de que ni su esposo ni los vecinos accederían a reunirse y por otro, por la violencia ya desatada. Evidentemente ningún otro organismo estaba dando soluciones a esta situación, y nos propusimos intentar hacer un aporte desde la comunicación y el entendimiento. Parecía claro que ya estábamos más en estadio de “contener” que de “resolver” según establece Ury, pero aún así, decidimos utilizar nuestras herramientas para acercarlos a una mesa de negociación, justamente con la idea de volver a la etapa de “resolución”.

Hasta ese momento nunca habíamos tenido contacto con Rubén, padre de Ernesto, y le pedimos entonces a Andrea que le transmitiera nuestro interés en conversar con él personalmente. Para nuestra sorpresa, apareció dos horas más tarde. Tuvimos una larga charla y cada vez nos aportaba más datos y nombres. Nos hablaba especialmente de dos familias, los Gómez y los Pérez y de muchos chicos. Él también aseguraba que “con esa gente” no se podía hablar, y nos contó varios episodios violentos y dudosos que habían ocurrido en la zona, que incluían hurtos, abusos y violencia familiar. De quienes más desconfiaba era de los Pérez, a quienes consideraba peligrosos (en este sentido los diferenciaba de los Gómez), y “delincuentes”, y decía que se encontraban constituídos en algo así como un “matriarcado”, ya que el padre no ejercía ninguna influencia y la madre los dirigía. Los describió como una familia numerosa, con muchos hijos y nietos, incluso de edades similares entre ellos. Nos contó que una vez le habían roto su camioneta, e hizo referencia a la desaparición de unas herramientas de su casa. Se mostraba reticente al encuentro con los vecinos, mientras queríamos hacerle ver los beneficios de intentar la mediación. Él sostenía que el juez tenía todo en sus manos ya, y que prefería esperar una resolución de su parte. Si bien reconocía que su hijo no era “ningún santo”, no dejaba de ser un chico, y su seguridad estaba en juego. Insistimos sobre la oportunidad de conversar en otros términos y poner las cosas en claro, con la mirada hacia el futuro, y pensando en la seguridad de todos los chicos del barrio, que por ese entonces vivían “encerrados”. No fue fácil, pero finalmente aceptó.

Con esta respuesta, al día siguiente, fuimos directamente al barrio, a buscar a los Gómez y los Pérez para invitarlos a una reunión, que programábamos en la zona, para lo cual también hablamos con la directora de la escuela solicitando un espacio en la misma. Pudimos hablar con el Sr. Pérez, que aceptó la propuesta, (tan rápidamente que nos generó cierta desconfianza) y luego con Sergio y Amalia Gómez, quienes junto con el presidente de la Comisión Vecinal, nos aportaron su visión del conflicto. Sobre todo éste último nos aclaró que las agresiones surgían de los “dos lados”, y en cierta forma confirmó los comentarios de Rubén sobre los Pérez. Expresaron que si se hacía la reunión era indispensable que participara la madre, Anita, coincidiendo con Rubén en la idea del “matriarcado”. De él dijeron que tenía poca tolerancia a los ruidos, y que era muy irascible y violento, incluso con sus hijos y esposa, a quien Amalia había confortado en algunas de esas situaciones. Nos comentaron rumores de que Rubén había matado a su primer mujer, y que por eso había estado en la cárcel. Opinaban además que necesitaba tratamiento psicológico, y que no lo realizaba. Todos dudaban que él fuera a la reunión, pero nosotros les asegurábamos que ya había aceptado. Solo nos quedaba confirmarles el lugar y la hora de la reunión que haríamos dos días más tarde.

Al volver a la Defensoría y comunicarnos con Rubén, su respuesta nos empapó como un baldazo de agua fría… había cambiado de opinión, y decía que “su abogado” le desaconsejaba participar de la mediación, y que debía “esperar la decisión del juez”. Le pedimos que “dejara una puerta abierta” para pensarlo e insistimos en la oportunidad de mejorar la situación cotidiana, al margen de esperar definiciones judiciales, que además no se aplicarían directamente a ésta. Lo llamamos por la tarde, pero nuevamente se negó.

Durante las dos semanas siguientes volvimos a hablarle en varias oportunidades, cada 2 ó 3 días, personalmente y por teléfono. Él insistía en que la reunión resultaría inútil, ya que igual tenían que esperar la decisión judicial sobre la causa iniciada. Nosotros reiterábamos la importancia del encuentro para intentar, de una manera distinta, una solución concreta, con influencia directa en la convivencia, tomando ellos mismos las decisiones. Su resistencia además parecía derivarse del enojo por la denuncia policial, que había motivado justamente el inicio de la causa en tribunales. Hablamos también con el abogado, sin resultados positivos.

Ínterin acudieron a la Defensoría Amalia y Sergio preocupados porque el tiempo pasaba y el clima de inseguridad para los chicos se mantenía, sin obtener respuesta de ningún organismo.

Retomando los conceptos de William Ury, consideramos que Amalia y Sergio, y Andrea en un primer momento, estaban actuando como un “tercer lado interior”, que pedía ayuda para no pasar el umbral del conflicto destructivo, y esto era muy valioso.

Decidimos entonces apelar nosotros a “los de afuera” del tercer lado. (Recordemos que Ury define al tercer lado como gente de la comunidad que usando el poder de los pares, apuntan a un triunfo que satisfaga las necesidades de todos, de manera pacífica, y respaldando un proceso de diálogo y no-violencia).

Pensábamos que si bien la mediación no solucionaría probablemente el fondo de la situación, sí podría aportar un poco de calma a la violencia desatada, y estábamos convencidas de que, como dice Ury, “la coexistencia genuina no puede imponerse desde arriba” y que “solo puede surgir de las partes y de quienes las rodean”. Además, fuera de la mediación, no aparecía a la vista ninguna otra instancia superadora. Un empleado de la Defensoría de Pobres y Menores llegó incluso a decirnos que la justicia estaba “atada de pies y manos” y que lamentablemente, hasta que no “hubiera un muerto” o pasara algo más grave no podían actuar. Insistimos igualmente en que nos ayudaran a convencer a Rubén de participar en la mediación, pedido que también le hicimos llegar a la Jueza de Familia y al personal del Consejo del Menor que estaba a cargo del tema de los chicos.

Volvimos a llamar al Dr. Farías, abogado de Rubén para que intentara convencerlo, aclarando siempre la distinción entre la mediación y la causa judicial, y explicándole la importancia de propiciar un diálogo para mejorar la situación específica de convivencia, resaltando que había menores en riesgo. Finalmente fue ésta la intervención decisiva. Al día siguiente Rubén vino a la Defensoría a decirnos que aceptaba la reunión, que se concretó dos días después.

A quince días del comienzo de las conversaciones, llegaron al Centro de Mediación (descartamos la idea hacer la reunión en el barrio, porque nos pareció conveniente separarlos del contexto cotidiano) Anita Ramos (madre de “los Pérez”), Rubén Vázquez y Amalia y Sergio Gómez. El clima era tenso y expectante, tanto por parte de ellos como de los mediadores.

Nos reunimos, nos presentamos, agradecimos especialmente su presencia en el Centro y a partir de ahí, increíblemente, la mediación “fluyó”. Parecía que lo peor había pasado, y de hecho, así fue. Lograron escucharse, y empezar a desandar esa complicada trama de eventos que los había enredado en este torbellino.

Amalia fue la primera que habló. Parecía muy ofuscada y por momentos al borde del llanto, con una mezcla de emociones de impotencia, angustia y furia quizás. Contó todos los hechos como ella los veía y nosotros hicimos algunas preguntas abiertas y aclaratorias para abrir el panorama e intentar entender mejor la situación. Con el correr del relato, parecía desahogarse y se fue calmando. Ella ubicaba el punto de inicio de la escalada en una reunión en su casa por su cumpleaños, en la que no había más de quince personas. Rubén había salido a los gritos y los había amenazado con un arma, molesto por el volumen de la música, que según ella, “no era para tanto”. Describió otras situaciones, pero luego se centró en la preocupación por los chicos. Decía que no podía ser que tuvieran que vivir encerrados, y que no pudieran jugar al aire libre porque ella y el padre no podían estar todo el tiempo acompañándolos a todos lados por temor a que Ernesto los agrediera, porque los dos trabajan. Sergio asentía y habló poco, se lo notaba más tranquilo y parco, pero agregó cuánto lamentaba todo esto, ya que conocía a Rubén desde hacía mucho tiempo y habían sido amigos, pero ahora la situación era insostenible y temía por sus hijos.

Anita estaba muy callada, sentada entre Amalia y Sergio. Le preguntamos qué podía sumar al panorama relatado y poco nos aportó. Dijo que su familia no se metía con nadie, que cuando ella no estaba podía ser que sus hijos estuvieran en la calle. Estaba de acuerdo con lo que había expresado Amalia y agregaba que con Rubén y su familia era imposible vivir, ya que era muy intolerante, no se podía ni hablar fuerte ni pasar caminando por la casa, todo le molestaba. Luego de esto no habló más.

Le tocó el turno a Rubén. Coincidió en algunas cosas con Amalia y hasta le dio la razón en algunos aspectos: que Ernesto era difícil de contener y que era cierto que en una oportunidad había andado con un cuchillo “tipo tramontina” que él había dejado arriba de una mesa, pero que debían comprender que “el chico se sintió muy mal cuando a su papá le rompieron la camioneta”. Explicó las agresiones que él también había sufrido: que estando en su casa un día con su hija más chiquita sentada sobre la mesa, una piedra golpeó la ventana y entró por ella y de casualidad no le pegó a la pequeña. Que esas cosas también son agresivas, y que él también se enojaba, pero que no estaba en su personalidad golpear niños, y que las cosas debían arreglarse entre los padres. Valoraba las épocas anteriores de amistad con Sergio, y también lamentaba que eso se hubiera perdido con el tiempo. Recordó las épocas en que pescaban juntos, y una vez que lo había ayudado a Sergio a arreglar una canoa que le habían quemado (mostrando incluso una cicatriz que le había quedado en la mano por esto) a pesar de la sospecha de que sus hijos le habían robado unas herramientas. Relató también que el cuñado de Sergio le había pegado a Ernesto, y algunas situaciones confusas con esta familia, también de amenazas y agresiones, en las que otras personas les advertían mutuamente sobre posibles represalias. De muchas de estas cosas Sergio no tenía conocimiento. Acordaron separar los temas, ya que Sergio no podía hacerse cargo de lo que hacían su hermana o su cuñado, y el intercambio se centró entonces en las familias de Sergio y Rubén, y especialmente, en la relación entre ellos dos.

 

 

 

Diez, Francisco y Tapia, Gachi: “

 

 

Herramientas para trabajar en mediación

 

 

” – Ed. Paidós – Buenos Aires, 199

 

 

 

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